La Bula Papal

La Bula Papal

En 1925, mientras el mundo intentaba encontrar estabilidad tras tiempos convulsos, en el norte de España nacía algo destinado a marcar la historia del vino: la Denominación de Origen Rioja. Fue una de las primeras denominaciones creadas en el país, y su objetivo era claro: proteger el origen y la autenticidad de unos vinos que ya viajaban más allá de nuestras fronteras desde finales del siglo XIX.

En aquellos años, Rioja comenzaba a definirse no solo como una zona productora, sino como un territorio con identidad. Haro se consolidaba como epicentro comercial, los controles de origen empezaban a organizarse y los viticultores entendían que el futuro dependía de preservar el carácter de cada pueblo.

Fue en ese momento cuando mi bisabuelo tomó una decisión que cambiaría nuestra historia familiar.

Venía San Juan de Luz con la determinación tranquila de quien sabe reconocer la tierra cuando la pisa. Labastida no es un pueblo cualquiera. Protegido por la Sierra de Cantabria y abierto al sol del sur, ha cultivado viñas durante siglos. Aquí, el vino no es industria: es costumbre, es conversación, es herencia.

El amor por el terruño.

Eran 4,2 hectáreas situadas junto al antiguo Monasterio de San Andrés de Muga, un enclave vinculado históricamente a la orden franciscana. Los monasterios medievales no solo eran lugares de oración; eran centros de conocimiento agrícola. Los monjes cultivaban, estudiaban la tierra y cuidaban viñas que alimentaban cuerpo y espíritu. Aquellas piedras habían visto generaciones trabajar el campo en silencio, con disciplina y fe.

El terroir tenía algo especial. Orientación sur, ligera pendiente, suelos pobres y pedregosos que obligaban a la vid a esforzarse. Y ya entonces se sabía que cuando la vid sufre, el vino gana carácter.

Pero adquirir aquellos terrenos no era tan sencillo como estrechar una mano y firmar un papel. Parte de esas tierras habían estado bajo titularidad eclesiástica o vinculadas históricamente al monasterio. Para formalizar la compra sin conflictos futuros, hacía falta una autorización extraordinaria.

Y ahí comienza la parte que siempre nos ha parecido casi legendaria.

Mi bisabuelo tuvo que solicitar una bula papal al entonces pontífice, Pío XI. Una bula era un documento oficial expedido por la Santa Sede que resolvía asuntos jurídicos o concedía permisos especiales. No era algo habitual para un viticultor, pero tampoco imposible en una época en la que Iglesia y propiedad estaban profundamente entrelazadas.

La historia familiar cuenta que hubo cartas, intermediarios y meses de espera. Que el proceso fue largo. Que muchos le dijeron que no merecía la pena complicarse tanto por una finca pequeña. Pero él veía algo más que hectáreas: veía futuro.

Finalmente, la bula papal llegó.

El precio rondó las 18.000 pesetas, una cantidad considerable para los años veinte. Era, prácticamente, el ahorro de toda una vida. Apostó todo por aquella tierra.

Y la tierra respondió.

Aquellos viñedos fueron bautizados como Las Eladias. Con el paso de las décadas se consolidaron como parte de los viñedos históricos y singulares de Labastida, donde se lleva elaborando vino desde hace más de doscientos años. Cepas viejas, raíces profundas y una forma de trabajar que nunca entendió de prisas.

Las Eladias no crecieron al ritmo de la industrialización. Crecieron al ritmo de las estaciones. Vendimia manual. Respeto por la variedad. Intervención mínima. Escuchar más y forzar menos.

Mientras Rioja evolucionaba y se hacía grande bajo el paraguas de la denominación creada en 1925, nuestra historia seguía siendo la de una familia y una parcela concreta. Porque la verdadera grandeza de Rioja no está solo en su nombre, sino en sus pueblos. En cada viña que tiene historia propia.

Hoy, cuando elaboramos vino en Henrique de Benoît Bodega, lo hacemos recordando que todo comenzó con una decisión valiente y una bula papal. No como un gesto de grandilocuencia, sino como símbolo de determinación. De respeto por el origen. De compromiso con una tierra concreta.

Las Eladias siguen ahí. Las mismas 4,2 hectáreas. El mismo suelo arenoso. La misma orientación al sol. Más de un siglo después, las raíces son más profundas, pero la intención es la misma: dejar que el terruño hable.

Porque el vino no nace en la bodega. Nace en la tierra. Y a veces, para poder trabajarla, hay que mover cielo y tierra. Incluso pedir permiso a Roma.

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